| PICHIMAHUIDA
(1 de Mayo de 2005)
FOTOS
Relato
de Pampa:
Aprovechando
mi estadía en La Pampa por cuestiones laborales, volví a invitar a los locos
de la zona a compartir una embarradita en el Curacó.
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Los
últimos tiempos estuve viendo como ampliar la oferta de actividades off road en
la zona y descubrí que también podíamos andar trepando por las riberas del río
adentrándonos en el monte sorteando cañadones y pedregales, dándole un poco
de variantes al barro “inmundo” del cauce.
Así
que con la ayuda de Toni y de Osvaldo se armó una
banda de desesperados por el barro, que en vez de estar descansando en
casa el 1° de Mayo, vinieron a laburar desencajando chatas en forma permanente
y cortando matorrales a machete.
Fueron
de la partida 11 chatas, con mayoría suzukera:
Osvaldo
(Vitara Roja), Marcelo (L 200), Gustavo (Samurai), El ruso (Samurai), Jose
(Ranger), Darío (Discovery), Alberto (Samurai), Pampa (Vitara), Marcelo B
(Galloper), Guillermo (Montero) y Toni (Toyota GNC). No se enojen los acompañantes
pero no los nombro para no olvidarme ninguno.
A
eso de las 10 de mañana, nos reunimos en el puente sobre el río Colorado en el
paraje Pichi Mahuida,
donde
todos los travesistas excepto yo, sufrieron los embates del serrucho de
la vieja ex ruta 22 para llegar hasta aquí.
Son 90 Km. infernales.
Nos
pusimos en caravana y nos dirigimos al Curacó,
esta vez optamos por entrar al cauce desde el nuevo puente del camino de
servicio del acueducto del Río Colorado y desde allí, primero por el río y
después subiendo por las bardas trataríamos de llegar hasta la ruta provincial
34. El río no estaba lleno de barro en su totalidad pero presentaba piletones
que permitiría a los limados hacer uso de su locura. Ya no más en el primer
charco hubo que malacatear a José,
que
debutaba en estas lides con su Ranger. Uno a uno nos íbamos metiendo en los
charcos con suerte diversa con la premisa de divertirnos y llegar a los límites.
Como
siempre Toni dio la nota de color, primero empantanándose horizontal con
agua adentro requiriendo malacates y anclas para salir y luego en un clásico,
después de sortear un obstáculo, quiso repetir
haciendo reversa y se enterró casi irremediablemente. Estuvimos casi una
hora para
carlo con varios malacates y con riesgo cierto de lento vuelco en las negras
aguas del Curacó que contrastaban con la cara blanca de Toni mientras le duró
el susto hasta que lo sacamos. Como atenuante puedo contar que el año pasado
tuvimos que sacar una Ranger con una grúa porque no había forma de moverla,
exactamente en el mismo lugar.
Después
prácticamente todos nos quedamos atascados alguna vez,
todo los que intentaban repetir alguna huella abierta por otro: el barro una vez
que se rompe la primer capa parece grasa de rulemanes y no hay modo de avanzar;
para tener idea al malacatear conviene dejar la chata en punto muerto para
facilitar la tarea porque cuando se acelera, aunque sea con cuidado sólo se
consigue enterrarse más.
Como
el grupo era grande y se desperdigó comenzamos a probar subir por las riberas
donde encontramos trepadas interesantes donde pudimos probar las virtudes de los
Samu, de la Discovery y del bloqueo de la Toyo de Toni.
Fuimos
avanzando lentamente hasta llegar hasta un apostadero donde suelen cazarse jabalís
y allí nos apartamos del cauce para tratar de llegar a la ruta a “monte
traviesa” por una huella que hace unos meses abrimos a puro machete. En este
punto quiero destacar que llega un cañadón espectacular (llamémoslo “Cañadón
de los Jabalís” para uso futuro) que está muy bueno para intentar remontarlo
pero éramos muchos y no era conveniente irse a lo extremo siendo casi mediodía;
además no todas las chatas estaban equipadas para intentarlo. Lo dejamos para
la próxima.
Así
que nos mandamos por la incipiente picada abierta meses antes, liderados por un
servidor donde además de las trepadas se nos cruzaban los peligrosos alpatacos
que debíamos machetear para no estropear cubiertas y pinturas. Los alpatacos
son clavos vegetales perfectos muy afilados que no perdonan cubiertas si los
agarrás de lleno. Uno a uno fuimos pasando y después de una variedad de
dificultades nos concentramos sobre la ruta 34. Según los participantes,
puntaje perfecto para la travesía hasta el momento: variada y divertida.
Aprovechando
el crédito decidimos ir a investigar el campo lindero donde hay una sección
del rio que yo no conocía pero de la cual tenía el permiso del
dueño del campo para entrar. Pasamos por el puesto del campo donde nos
encontramos con una larga fila de jabalís alienados sobre un cerco producto de
la caza que con perros y cuchillo el dueño del campo Ruben Murillo realiza con
frecuencia. De allí nos fuimos a la parte norte del río donde intentamos
entrar pero a los pocos metros los tamariscos nos cerraron el paso y tuvimos que
retroceder. Entonces intentamos por el sur y allí vino lo mejor: un piletón de
barro y agua espectacular donde todos pudimos darle a las chatas a rienda
suelta. En mi caso tanto le dí que conseguí que la computadora me cortase el
encendido por superar las 6500 RPM en segunda: sonó un escopetazo con gusto a
biela con ganas de pasear que me enmudeció lo mismo que al motor; abrí el
capot esperando lo peor y vimos que no había nada raro. Le dí arranque,
titubeo un poco pero volvió a la vida junto conmigo. El barrial se puso cada
vez peor y los malacates a full.
Hubo algún que otro roce porque al pasar cada vez más rápido las lluvias de
barro y las consecuentes puteadas arreciaban, pero nada llegó a mayores.
Avanzamos después un poco más hasta que un pileton profundo y la hora nos cortó
el paso. Es de destacar que estuvo tan divertido que muchos durante todo el día
no nos acordamos ni de comer las viandas que cada uno había traído.
Desandamos
parte del camino dentro del campo de Murillo y nos dirigimos al puente de ruta
34 para que los que venían por primera vez conozcan desde el balcón la parte
trialera del río lo que dejaríamos para otra oportunidad. Nos sacamos las
fotos de rigor
y partimos en caravana hacia Río Colorado desandando el espantoso camino de la
mañana, donde lo único entretenido fue que el Ruso se nos perdió y nos
pasamos elucubrando donde había quedado, cuando en realidad había picado en
punta y nos esperaba lo más pancho en el ACA de Río Colorado.
En
resumen la pasamos de diez y creo que quedó bastante tinta en el tintero para
repetirlo, sobre todo considerando que el río no tenía mucha agua y que puede
ser realmente mucho más difícil: esta vez uno podía elegir hasta donde
complicarse para avanzar pero con otro nivel de agua a veces hemos tenido que
desistir porque en algunos tramos, es impasable. Además esta pendiente el cañadón
que mencioné antes, así que será
cuestión de juntarnos de nuevo.
No
quiero olvidarme de agradecer a los dueños de los campos, las familias García
Llorente y Murillo que permitieron que circuláramos libremente por sus
propiedades en forma desinteresada.
Hasta
la próxima.
Pampa
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